Nosotros, artistas en experimento, hemos decidido indagar sobre aquello que el mundo globalizado ha sepultado, intentaremos desde la humilde locura reivindicar lo que fuimos, lo que somos y con dotes de adivinos, intentaremos husmear los vientos venideros...
sábado, 24 de abril de 2010
Del relato o lo que ya fue
Dice Maurice Blanchot, el relato no es la relación de un acontecimiento, sino ese mismo acontecimiento. Qué se oculta tras esta observación: el problema del relato, esto es, su temporalidad. Aun cuando el relato sea la narración de lo que ya fue su existencia no es el pasado, sino la transformación de éste (metamorfosis) en el presente, que es, y no de otro modo, el relato en sí.
Decimos problema porque esta visión sobre el relato es riesgosa: los tiempos verbales —sólidas islas— se ven trastocados por un movimiento impreciso. Tal es el movimiento del relato que va hacia un punto que parece haber sido alcanzado, pero que a su vez posibilita lo que será. En otras palabras es un avanzar, que parece recuerdo, evocación, mirada hacia atrás y todo con la ansiedad de “ser”, pues, lo repetimos, el relato es en ese movimiento y no existe fuera de él. Y aún más, sólo del movimiento —dice Blanchot— extrae el relato su atractivo, tanto así que no puede siquiera “comenzar” antes de alcanzarlo.
En este sentido, el relato es lo que ya fue. Pero aún cuando esta premisa sea escrita en pasado (ya fue) la realización del relato sólo es posible en este gerundio (en el movimiento): El relato —agregamos— se está haciendo a sí mismo, haciendo real lo que ocurrió, en una mecánica perfecta en la que ya nada queda fuera del relato; ya nada fuera de él es real. Esto lleva a Cortázar a sentenciar: Me parece una vanidad querer intervenir en un cuento con algo más que con el cuento en sí. El relato da su regla y no acepta ficciones fuera de ella.
Es este momento de plena libertad en el que el relato es y ya no tiene otro asidero que él mismo. Esto que Julio Cortázar llama la autarquía, el hecho de que el relato se ha desprendido del autor como una pompa de jabón en la pipa de yeso. La libertad del relato está en su capacidad de hacerse (ésta es su pretensión) Su autarquía consiste en producir lo que narra, en lograr la perfecta conjunción entre la realidad que describe y la realidad del propio relato.
Ahora bien, regresemos al movimiento. Hemos dicho que va hacia un punto que ya ha sido logrado. Es así como aparece la forma del relato; su movimiento hacia sí no brinda una imagen: la esfera.
Explica Cortázar que la situación narrativa en sí debe nacer y darse dentro de la esfera, trabajando del interior hacia el exterior, sin que los límites del relato se vean trazados como quien modela una esfera de arcilla. Esta idea tiene su par en el pensamiento de Blanchot cuando al hablar del espacio de la obra recuerda que ella debe representar el movimiento hacia sí misma y la búsqueda auténtica de su origen. Ambos autores traen a la luz una condición del relato: su dinámica interna. Dinámica que en Cortázar va de dentro hacia fuera y en Blanchot de adelante hacia atrás.
En ambos casos la evocación está presente; se trata de darle lugar al relato, lugar y ritmo; también estructura. De tal modo que la dinámica del cuento es la reminiscencia. El relato es el recuerdo que se hace recuerdo en la medida de su realidad, que no es otra que la de la esfera, es decir, del movimiento perpetuo que busca un punto donde la realidad primera del relato sea la única posible.
Circe de Pluie
domingo, 18 de abril de 2010
El desfile Bicentenario
Arriban los 200 años de la “movida” pro-independentista y la querida Capital se cubre por una atmósfera festiva y patriótica; comienza a maquillarse la ciudad para tan especial ocasión, pendones por doquier con retratos de los próceres y fragmentos de la pintura de Juan Lovera, que dicho sea de paso, si algún citadino no ha podido observar la obra original no debe preocuparse, si camina por las calles de Caracas de seguro se topará con algún pendón que la reproduzca -en el pasado quedaron aquellos tiempos de la “la obra original”, bienvenidos a la era de la reproducibilidad- ahora bien, esto no es lo importante del caso, volvamos a nuestra ¡celebración...!
Mientras la ciudad se “retoca” para el evento, nuestra Fuerza Armada Nacional inicia los preparativos para el tan esperado desfile. Si usted querido lector o lectora, es vecino de la parroquia el Valle, de seguro podrá escuchar los ensayos previos al 19 de abril. Cada año a lo lejos escuchamos los gritos, o mejor dicho las ordenes del General encargado, mientras que los chicos de la academia deben practicar hasta lograr una perfecta alineación para realizar un impecable desfile, bajo el sol o la lluvia... este tradicional homenaje, es y ha sido desde hace muchos años, la atracción de algunos ciudadanos que asisten -muchas veces a ver a sus familiares- para distraerse y disfrutar de los “performance” que ofrece el desfile, especialmente para los más pequeños.
Llega el tan anhelado día y observamos a las personas contemplando los tanques, a los militares con sus prolijos uniformes, realizando sin equivocación el tan ensayado desfile, que no sólo simboliza la conmemoración de una fecha patria, sino que también significa, como diría un querido amigo Teniente: “trabajo y más trabajo, dolor en los pies y demás...” pero a pesar de ello ¡templanza en esos rostros muchachos! Por otra parte, la banda de guerra, las acrobacias de los paracaidistas, quienes dicho sea de paso tienen un grito de guerra muy pegajoso o es que ¿nunca han escuchado el “paracaidistas, paracaidistas” a todo pulmón? Así, todos con la mirada en el cielo, observan como descienden los hijos de Bolívar y nietos de Ares.
El público, lleno de asombro y con un tanto de taquicardia por el aterrizaje, aplauden la llegada a tierra de los soldados. Pero no podemos dejar a un lado los aviones, amados por unos, odiados por otros, pero que sin lugar a dudas cualquier chiquillo amante de estas aeronaves, queda estupefacto al verlos en “acción”; y es que no pasan desapercibidos, no sólo por las acrobacias que realiza el piloto sino por el ruidito que generan, definitivamente, ellos se hacen sentir y cuando no aparecen –pues si el clima está nublado es contraproducente- el desfile no es lo mismo...
En definitiva, nuestra atracción es sin lugar a dudas, la de un país que no posee una cultura bélica, pues vemos a los chicos maravillados con los tanques, cosa que obviamente no sucedería con un niño afgano, por ejemplo. Así mismo, los ruidosos aviones, nos molestan sí, ¡ah! ¡Que fastidio!, solemos decir, pero qué bueno que no pasa de ser una molestia transitoria, sólo para un desfile en conmemoración de una fecha patria, que si bien es una tradición, hoy en día causa desagrado a más de uno, por ilógico que parezca, hoy en día el “patriotismo” da asco, bien sea porque la publicidad que tiene es como la de un producto que hay que vender o porque sencillamente “¡qué fastidio este país!”, sin embargo, nadie se queja ni hay criticas hacia el tan festejado y publicitado 4 de julio, souvenirs de todas las formas y tamaños portan la bandera del país que lo festeja, la gente con sombreros, banderas y pitos celebran como si se tratase del año nuevo, but nobody criticizes them...
La K-Boom
lunes, 5 de abril de 2010
De lo ambiguo a la sampablera: Caracas innombrable

Cuando llegamos a Caracas desde el exterior —como es mi caso—surge una primera interrogante: ¿esto es provisional o definitivo? ¿Esta “ciudad” la están construyendo o la están demoliendo?
Carlos Cruz-Diez
Hace algunos años leía a García Márquez evocando su época en Caracas. En la segunda línea el Gabo decía la infeliz Caracas (desde luego me ofendí). Pero al continuar la lectura descubrí que la infortunada expresión tenía dueño y no era del colombiano —fundador ocasional de otros pueblos—. Las palabras eran del mismísimo libertador, sí, del risueño Bolívar. Líneas más abajo el fabulador de Macondo conjuró el destino de mi ciudad ante mis ojos: a Caracas se le ama sólo si se es capaz de padecerla (desde luego, lo entendí).
Cuando Juan Villoro inquiría contra qué crece ciudad de México yo me preguntaba en nombre de quién crece Caracas, porque al pasear por la vieja ciudad de techos rojos —metáfora alegre que nombra a un pasado inexistente—, es clarísimo que Caracas crece como conjuro maligno escupido por quién sabe qué bruja, siempre bajo nombres imposibles que tratan de hacerla una ciudad mejor.
Nada sospecharía Dieguito Losada que su último gesto religioso, es decir, el bautizo de esta ciudad con el nombre de su patrono sería el inicio de una delirante verborrea que recorrería de esquina a esquina esta tierra —literalmente de esquina a esquina—. Losada abrió el libro de conjuros que intentaría nombrar los señoríos de los indios caracas, gente violenta según dicen los viajeros del Caribe.
Pero algunas centurias después la ciudad sigue indomable (si no, pregúntenle al Alcalde Mayor de turno, desconocedor de sus dominios). Los nombres de Caracas siempre parecen remotos, si se husmea un poco quizá se descubra que no tienen fundamento más que la costumbre de los pobladores, o su ocio. De hecho la ciudad está plagadas de cuentos: que las estatuas ruedan de tiempo en tiempo, verbigracia. No hablemos del difunto Colón, desaparecido en los previos de la Plaza Venezuela un día de… resistencia, encuentro, descubrimiento, raza… (Tampoco está claro el almanaque).
Y como del ocio al chisme es corto el lindero, las calles de la ciudad —en especial sus cuadras— están como verbigracia de ello: En alguna esquina del centro vivía el señor Madriz con sus tres lindas hijas, como todos tenían que ver con ellas pues su casa era referencia obligada, así que si usted baja por la Catedral señor, ahí mismito encontrará las Madrices (decían que la menor no era tan agraciada).
Sí, la Sultana del Ávila (nombre no muy autóctono que se diga) está hecha en nombre de personas y personajes. No sólo han sido los ilustres, Caracas se ha nombrado desde incidencias: dicen que la esquina el muerto data de época de guerra federal y que a la hora del toque de queda cuando se recogían los cadáveres, uno se levantó, se sacudió un poco la ropa y cogió camino para su casa. Pero otros temores acechan al caraqueño: la cuadra que va de Peligro a Pele el Ojo (o viceversa) es paradigmática. Nadie sabe qué pasó allí, pregunte para que vea.
Cuándo Miranda se quejaba del bochinche era porque no había vivido la sampablera. La revuelta en la esquina de San Pablo sirvió de excusa para renombrar el particular alboroto del caraqueño. La ambigüedad no admite número, ni decreto presidencial. Todavía llamamos Parque del Este a la re-etiquetada estación de metro Miranda. Lo cierto es que ni lo uno, ni lo otro, porque el parque verdaderamente se llamaba Rómulo Betancourt (el que dijo: Disparen primero y pregunten después).
No todo es desastre en Caracas, hacia el este hubo un intento por dar número. Todo muy bien hasta que ves que la Rómulo Gallegos (éste gobernó de vaina) es la primera trasversal de Santa Eduvigis, pero la tercera o cuarta de los Palos grandes. Lo bueno es que muchas cosas se llaman Bolívar y eso da aires de familiaridad.
Quién pensaría que la infeliz caracas tendría bondades. No en todas partes del mundo usted puede saber de tantas latitudes en el mismo lugar. En las Mercedes, con poco esfuerzo, usted puede ir de París a Nueva York sin pasaporte.
Caracas se disgrega hacia el mar, hacia la montaña. Hay que hacer una salvedad sobre esto último, si usted ve ranchos sobre la montaña está en presencia de un cerro; si ve geométricas urbanizaciones, una colina. Así que no es cualquier montaña.
La disgregación de la “sucursal del cielo” (éste sí que fue un mal chiste) alcanza la psique de sus habitantes, incluso su modo de hablar. El caraqueño no habla español y mucho menos castellano. Nuestra enmarañada jerga es digna de los vericuetos de la ciudad: nunca serán lo mismo cualquier vaina a te voy a echar una vaina. El caraqueño, hablador de paja por excelencia, no siempre es dicharachero, si se molesta, te puede echar paja.
Cuando Cruz-Diez (no exento de ironía) se pregunta si Caracas se está construyendo o demoliendo, siento cierto alivio pues ya Villoro recuerda que la ciudad moderna está determinada por la construcción, pero no la posmoderna. Sonrío y pienso que Caracas puede ser un paradigma de la posmodernidad porque, dice Villoro, que a estas ciudades las caracteriza la función. ¿Qué función tiene la innombrable Caracas en nuestras vidas?
Lo que comenzó como honor a un santo se ha convertido en un monstruoso leviatán. Caracas devora al tiempo entre sus fauces y con él se lleva a sus dolientes; las calles se hacen eternas —con nombres inverosímiles— en un embotellamiento de cinco de la tarde.
Se ha optado por seguir la truncada nomenclatura citadina. Yo nací en Petare —al lado del río, en lengua indígena—, ahora vivo en el centro. Si alguien quiere visitarme móntese en una camionetica que diga Puerta Caracas, a la salida del Mc Donalds de Capitolio; sepa que vivo entre Torrero y San Vicente, subiendo por Dos pilitas, al final de la Baralt, antes de la cota mil. Por cierto, la cota mil tiene otro nombre, el oficial, Avenida Boyacá (suponemos que fue una batalla afortunada). El nombre popular le viene por su altura; justo allí Caracas está a mil metros sobre el nivel del mar (a quién le importa eso).
Circe de Pluie
jueves, 1 de abril de 2010
...

Grito
Hoy recuerdo aquella noche, cuando simplemente te entregué mi ser, aún sabiendo que nunca serías para mí, porque eres del viento, libre e infinito. Hoy mi alma te extraña, mi vientre palpita porque nuevamente desea sentir tus caricias y el desespero de saber que nunca más estaré a tu lado invade poco a poco cada vena, cada célula de este cuerpo físico y etéreo que ha quedado como un alma en pena vagando por los rincones de esta fría habitación, rogando porque algún día pueda ser tuya nuevamente. Mi ser no quiere alimentos ni bebidas, ya nada me nutre, sólo quiero el calor de tu cuerpo y la energía de tus besos, sólo eso quiero para existir.
La K-Boom
... y nada pasa mientras todo pasa.
Nada hago mientras todo pienso.
Jugamos a encontrarnos.
Huimos de la tierra, volamos al espacio,
recorremos el encuentro de aprendernos.
Nos miramos por instantes infinitamente efímeros.
Esta noche te tengo.
Sí, ya lo sé, no te tengo pero te tengo.
Estás y eso basta.
Meny
lunes, 29 de marzo de 2010
Deshago mis pasos...
Saber cómo fue mi última mirada y los ojos que me vieron; también los que me ignoraron
Saber de la calle ¿Acaso fue una amplia avenida?
Cómo sería la última mirada indsicreta; bajo qué árbol
Deshago los pasos y no llego a donde estaba; tampoco a donde quise
No sé de qué lugar hablo
Désde que grieta de muro sale mi voz
Deshago mis pasos y miento
No estoy caminando sólo regreso al silencio
sólo me acojo a la ley de la sombra
dispuesta a dar en trueque mis huellas por un poco de peso
Y ya sin voz y ya en la sombra aparecerá el grito primero
Ese que me arrojó tan lejos
Circe de Pluie
martes, 16 de marzo de 2010
Fantasía bolivariana a dos tiempos
Por aquella ventana saltó el hombre con paragua en mano. Bajito, con barba y sombrilla negra. Algunos dicen que sí logró volar; lo cierto es que la pierna se jodió. Pero de aquello ya hace mucho. ¡Arrodillarse ante Dios, dar gracias y más gracias porque es grande!
Toda la luz se concentra en la brillante estatua (nadie sabe que es falsa). Las bolas de ese caballo fueron hechas por manos extranjeras; según parece un italiano que visitó tierras sureñas. Pero ésta es falsa y no hay guirnalda en fecha patria que la traiga a la vida. Sólo la mierda de palomas acompaña este vestigio de aquella fiebre de hacer de ese pedazo de tierra una pequeña Francia. Pero de eso ya hace mucho ¡El señor vendrán con su fuerza a castigar a los impíos!
De los árboles del antiguo mercado hoy emergen negras ardillas, todas extrañas recibiendo a miradas infantiles. Los animalitos son el recuerdo de lo moderno, sí, porque la modernidad entró con animales (ardillas negras se ha dicho). Pero de eso ya hace mucho y hoy a las reinas de lo moderno sólo les queda jugar con cotufas mantequillosas. Otra vez el estribillo ¡Arrodillarse ante Dios, dar gracias y más gracias porque es grande!
Por un costado la iglesia, tumbada varias veces por quién sabe qué azotes divinos. La pila bautismal de antaño la querían botar; ahora se exhibe en la casa donde nació el tipo que monta el caballo con bolas grandes, hechas por manos extranjeras; la casita queda unas cuadras más abajo ¡En el nombre de dios arrepiéntanse; en el nombre de dios perdonen a sus hermanos!
Unos angelitos decoran las fuentes, porque sépase bien que aquí no se es católico pero sí neoclásico, así lo pensó el Ilustre Americano, ese que erigió edificios en cien días. El mismo que echó a las monjas y luego mandó a hacer iglesia con el nombre de la mujer, pues de que vuelan, vuelan y hay que cuidarse las espaldas. Pero de eso ya hace mucho y hoy sólo quedan unos cuantos faros en la plaza y las fuentes, no se olviden las fuentes, con angelitos cristianos en estilo neoclásico. ¡Bendito sea el señor!
Un carajito tira el helado y más atrás el padre el tira un coñazo. Otro compra cotufas sólo para hacerle la guerra de maíz a su enemigo de al lado. Las ventanas de donde se tiró el cabito están cerradas. Desde aquel entonces (desde que el tipo se tiró con el paraguas) se han preferido las casas de una sola planta ¡Orden presidencial!
Dicen que desde aquí el expatriado de Diego de Losada fundó la ciudad, todo en perfecto damero madrileño. Hoy las baldosas ennegrecidas es lo único geométrico que se conserva porque la ciudad se desparramó por donde puedo, como reguero de agua, como el reguero de helado del carajito de hace un rato.
Viejos consternados se hacen costra a lo largo de la bancada, bajaron hoy como fervorosamente lo han hecho los últimos cincuenta años. Todo en ellos son gris, todo en ellos es cansancio. Una mujer cansada se quita los tacones y descansa los cayos. Detrás de ella un palacio, o mejor dicho, dos. Uno lo rayan de vez en cuando, según el ánimo de la esquina caliente; el otro está mejor pintado. Uno resguardó la fe en otros tiempos; el otro, las leyes. Pero eso fue hace tanto y sigue el flaco con el megáfono ¡Aleluya, aleluya, cristo ha resucitado!
Asalariados van y vienen, cruzan la plaza diagonalmente. Ninguno le para a las pelotas brillantes del caballo, tampoco alcanzan a ver al musiu que lo monta y eso que cuando niños los obligaron ir a la casa del tipo, esa que queda unas cuadras más abajo. El flaco se mueve con vehemencia ¡el día se acerca!
Un olor aprisiona a los que deambulan por la plaza. Hombres con máscaras y camisas de un rojo desteñido esparcen un gas intolerable. —Es pa´ los zancudos—grita uno y encima se le viene las mentadas de madre. Las mujeres recogen a sus muchachitos y huyen como cucarachas por las cuatro calles que rodena la plaza. La tarde va cayendo, cada vez son menos los aplausos y al rato se larga el flaco, tambaleándose con el megáfono.
Adiós a la plaza. Atrás quedan la Joyería La Francia (reducto del delirio moderno), las fuentes con los angelitos dorados, el piso cuadrado, los palacios y la casa amarilla (en la que se dio el brinquito por el terremoto); atrás quedó Bolívar y su caballo de bolas grandes forjadas por manos extranjeras.
Circe le pluie
viernes, 5 de marzo de 2010
En el carrito

Un tipo muy acuerpado caminaba medio tumbáo -como si los brazos fueran a volar solos sin su cuerpo, y sus pies casi no tocaban el suelo; en puntas, sólo éstas tocaban tierra-, tomando de la mano a la chica que parecía ser su jeva, tipa semejante a todos aquellos maniquíes que ahora están de moda, con grandes senos, diferenciándola sólo su enorme trasero que zumbaba de un lado a otro como si le estorbara a sí misma. Del otro lado de la acera una licorería rezumbaba un esperpentojo de ruidos con letras que no producían en mí más que asco e infinitas ganas de vomitar: reggaetón. Todos estos hombres acompañados de sus respectivas birras y otros tantos con mujeres mal-formadas: grandes vientres pútridos –no era otro ser vivo quién allí llevaban, a punta e birra mantenían su enorme producto estomacal infectados-, usando ropa que parecían haberlas tomado prestada del ropero de sus hijas, mal-formando aún más sus repulsivos traseros, piernas y demás, haciendo imaginar en mí cómo demonios habrán hecho para colocarse sus respectivos pantalones.
Cambió el semáforo –¡gracias a Apolo!-, pude seguir entonces mi rumbo sin fin. Más adelante debí hacer una parada en esos auto-mercados para saciar mi sed, el pana que me vendió dicho producto no hacía más que menear su cabeza hedionda por el gel como si intentara una especie de exorcismo (escuchaba algo a través de esos tapones en los oídos). Finalmente mi auto despegó dejando atrás a aquél encuentro tan peculiar.
Disfrutar de todo ese conjunto de maravillas caraqueñas causó en mí las ganas de fumar un puchito, así que mientras seguía recorriendo las calles en mi carrito decidí hacerlo, el humo es bueno para calmar aquella burda e gente que me rodeaba incesantemente.
¡Joder! -dije mientras limpiaba las lagañas que abarrotaban mis ojos- era un puto sueño.
Notas:
Birras: Utilizado por el venezolano como sinónimo de cerveza, bebida embriagadora.
Esperolao: Sinónimo de esperolado.
Esperpentojo: sinónimo de esperpento.
Jeva: sinónimo de mujer.
Lagañas: Elemento creado alrededor de los ojos producto de un mal dormir, de lágrimas no limpiadas. Ya todos lo saben.
Pana: Sinónimo de amigo.
Puchito: Utilizado comunmente por los uruguayos para denominar así al cigarrillo o la marihuana. Objeto consumible a través del aspirar de humo.
Tumbáo o en lengua castellada (y no caraqueña o venezolana, como aquí): Tumbado.
Meny